Pasó tanto tiempo desde que Ramón huyó de la Gran Ciudad, que apenas conserva escasos recuerdos de las calles ricas en tonos grises bajo cielos nublados. El movimiento perpetuo de habitantes que a fuerza de una histeria colectiva mantienen vivo el monstruo urbano, la cultura de los sobrevivientes que en la masa de concreto logran conservar su existencia día a día, viviendo experiencias que otros considerarían desdichas.
Su realidad no es la misma en el exilio, prisionero de un pueblo distante de gente terca e ignorante, con las cuales no comparte nada, ni siquiera un misero punto de vista, como si él fuese un loco al cual no hay que escuchar y hasta burlar si existe oportunidad. Porque ellos desconocen la vida de la Gran Ciudad, le temen, escupen alquitrán contra ella aferrándose a la monótonas costumbres pueblerinas. -¿Cómo no ser declarado un loco, o peor aun, un estúpido, cuando defiende y añora lo que esos seres no pueden ni quieren comprender?- Ramón repite la pregunta con frecuencia; hallándose en una tranquilidad que todavía hoy le es inusual, rodeado de una paz que jamas consideró detestar. Una tranquilidad que se convirtió en soledad.
Se imagina a si mismo fumando un cigarro en el descampado, observando detenidamente un solitario árbol en medio del campo arado. Bajo un cálido sol mañanero la tenue brisa de los vientos mueve con suavidad algunas de sus ramas, donde varias clases de pájaros llenan el vacío con su noble canto. Durante un instante de placer adormece su cuerpo, relajándose con una profunda respiración, mezclando nicotina con la pureza del aire dentro de sus lastimados pulmones porteños. Imagina y recuerda; la Gran Ciudad, su familia, sus afectos, las aventuras... y en un giro repentino, agresivo e irracional, el resentimiento se apodera de sus pensamientos. Pronto una sonrisa diabólica transforma su rostro y al abrir los ojos el paisaje ya es otro: el árbol con todos sus pájaros cae derribado, siendo a al mismo tiempo tragado por monstruosas fauces surgidas de la tierra. No hay sol, ni firmamento, solo oscuridad. Silencio total. -Me sucederá lo mismo- reflexiona para si mismo acabada la fantasía, con todo el cinismo que se puede permitir.
Tanta calma, horrible despreocupación, las angustias de un hombre doblado por el aburrimiento, la tristeza de un viajero sin montaña que cruzar ni amigos con los cuales mediar palabra. Sus aventuras han quedado atrás, etapas del pasado que se queman para convertirse en las cenizas del olvido. Mucho fuego en el espíritu y poca lluvia en el corazón, el dilema que le atormenta.
Adormece los sentidos pensando en el presente, incapaz de predecir el futuro, vuelve a imaginar que duerme pesadamente en el fin del mundo. Esperando por siempre el llamado a la realidad, esperando el despertar de sus sueños. -Al final, todo debería de ser un sueño- susurra Ramón sin que nadie pueda escucharle; con una mano bajo su codo apoyado en el escritorio, y esta, a la vez, sosteniendo la pesada cabeza que no desea mantenerse por si misma. Le sacude un escalofrió que rápidamente despeja sus pensamientos, respira profundo, se concentra, y regresa a la escritura...
...elaborando las próximas aventuras.
2 escupitajo/s:
los paraisos y los infiernillos de Ramon.
Tenes que usar velas ramon.... VELAS
¿Y sahumerios, no?
A lo mejor Ramon debería de plantar soja en el terreno valdio frente a su hogar...
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