-Rios... ¿este domingo cuento con vos?-
-Si, por supuesto.-
-Perfecto, porque el sótano se inundó. Hay que drenarlo, limpiarlo, y sacar el trigo que no se halla mojado.-
-No hay problema...-
Recuerdo un evento que hoy me causa mucha gracia, de hace unos pocos días atrás, cuando elegantes señores ingenieros en calidad de supervisores higiénicos visitaron la fábrica. Les importó mucho más que yo use mi cofia y le ponga una cintita de seguridad a las bolsas de harina, que visitar uno de los tantos rincones oscuros que existen en el edificio y contemplar como el grano envenenado pasa nuevamente por la moledora para terminar convirtiéndose en el rico fideo de todos los días. La experiencia ganada genera una risa sarcástica en mi rostro cuando veo a estos sujetos acercarse...
Le voy a poner un poco de color a la imaginación, unas cuantas metáforas, y ahí vamos:
Limpiando el sótano
Domingo otra vez, la gran fábrica me espera,
me envuelvo en ropas blancas y desciendo por la escalera.
Aquí no llega el sol, el concreto lo cubre todo,
enormes tuberías gotean, se llenan los pasillos de aguas negras.
Cucarachas y ratas, hasta ellas están muertas,
flotando sobre vomitada, en el intestino de la fábrica.
Putrefactas montañas de trigo reposando sobre motores,
podridas como el mundo, ellas me lo muestran sin disimulo.
Y mientras recorro esos pasillos llenos de mierda,
surcando las aguas negras con botas gruesas,
aguantando la descompostura por el dinero extra,
evito la contaminación, sin pensar que estoy en ella.
Lo que aparente estar sano se debe rescatar,
los fluidos envenenados se deben descartar,
tiralo todo en la primer rejilla que encuentres,
porque a nadie le importa tanta muerte.
Estoy tirado ahí, en un rincón que ya esta seco,
con las ropas grises y tristes, teñidas por la sombra del subsuelo,
agotado de castigar mi cuerpo, esperando el paso del tiempo.
Mientras me encuentro en el subsuelo...
Mientras me encuentro en el subsuelo...
Ese es mi lugar, es el subsuelo...
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