2012-10-09

Mortis causa en el puente de Crucecita

    Estaba recostado sobre una de las numerosas vigas que conforman el puente de hierro, uno de los tantos que sortean las avenidas más populares en la localidad bonaerense de Avellaneda; y por el cual, aún al día de hoy, todavía transitan los viejos ferrocarriles de la línea Roca. Pero a diferencia del pasado ya no llevan consigo pasajeros amontonados que viajan de un lugar a otro por la provincia, sino que arrastran pesados cargamentos de materiales destinados a grandes fábricas o depósitos industriales, y es por ello que los vemos pasar esporádicamente en medio de una marcha solemne como si fueran un vestigio sepia de épocas remotas. De tal manera que aquellas grandes estructuras de hierro se encuentran invadidas por la pasividad, y por fantasmas, mientras que por debajo circulan enloquecidos automóviles de todo tipo que salen y entran de la metrópolis porteña. Especialmente en ese entonces. Era un lunes por la mañana en plena hora pico (como se suele decir), uno de esos momentos mágicos cuando la histeria y el fastidio invaden a muchos de los seres que habitamos la urbe. Hay que salir a trabajar, como cada comienzo de semana, pero a diferencia de la gran mayoría mi semana laboral ya había comenzado unas cuantas horas antes y durante la madrugada. De hecho estaba allí, recostado entre las vigas, luego de regresar de la maldita oficina y contemplando desde aquel maravilloso puesto de observación la terrible vorágine de "nosotros", a la vez que me sumía en pensamientos lejanos al tiempo y al espacio.
    Meditativo, por momentos distante, entretenía mis dedos inquietos con una piedra de canto rodado. Jugueteaba lentamente con ella, y la contemplaba, como si la dichosa piedrita fuese especial en comparación a las miles que se encuentran diseminadas junto a las vías del tren, como si por el solo hecho de estar entre mis dedos se transmutara en un objeto precioso al cual, por esos retorcidos rebusques de la naturaleza humana, debemos de desear. Hasta que súbitamente adormecí mi cuerpo. Entonces los sentidos se extraviaron en una neblina de pensamientos lejanos, de esa misma manera cuando tenemos los párpados abiertos de par en par pero no estamos mirando ni prestando atención a nada, y todo se nubla hasta que el campo de la visión no es más que una mezcla de colores uniformes, y el sentido del oído, invadido por un compás de amalgama de todos los sonidos urbanos que ascendían hacia mi insignificante ser. Así abstraído, ensimismado del mundo por debajo del hierro, me relajé hasta sentir absolutamente nada. Cerré los ojos de una vez, el compás se detuvo. Dejé caer uno de mis brazos y la piedra se soltó de entre mis dedos, y esta cayó desde el puente...
    El tesoro colisionó contra el asfalto de la avenida, y el ruido retumbó por los cielos de Avellaneda con un eco de cavernas milenarias tan solo habitadas por la sempiterna oscuridad. Asaltado por un escalofrío desperté del letargo y, primero que nada, hecho curioso, pensé que a lo mejor aquel objeto habría caído sobre el vehículo desafortunado de un viajero que ahora maldeciría mi existencia por los siglos de los siglos. Sin embargo, oh sorpresa, la avenida estaba vacía, y más "¡oh!", cuando por fin percibí que la noche había tomado posesión del firmamento. Así que me incorporé con sumo cuidado, tomé un pequeño instante para respirar ordenadamente y, cual ingenuo científico, dispuse mi concentración a la enigmática tarea de elaborar algunas hipótesis a esta locura que me sucedía. Sin querer descubrí que el aire estaba distinto, asombrosamente limpio; y tal vez fue eso, o la suave brisa que acariciaba mi piel, o el cálido baño de una luz lunar que lo teñía todo de un color violáceo, que me encontré demasiado tranquilo ante semejante escenario. Alegre, por así decirlo, pero de una manera por demás bizarra, como si repentinamente hubiese sido transportado a una tierra de ensueño con mis venas cargadas de ácido lisérgico. ¡Bah! cliché de drogas vulgares, pensé. Pero no había consumido ningún alucinógeno, al menos no en los últimos días, lo más cercano a ello podría ser el café envenenado de la oficina. Carencia de horas de sueño, cansancio, posible alucinación por estrés, pensé después. ¿Yo, estresado? Era más probable que todos los habitantes de la ciudad se complotaran para jugarme una mala broma paranoica, ese montón de hijos de puta. Relacionaba posibles causas con una alucinación, con un sueño, con cualquier cosa, ya que el cinismo que me caracteriza impedía aceptar que fuese real. Evidentemente estaba pensando de más, ¡pero que gran conclusión! 
    Las calles vacías, el silencio total. Seguía perplejo y no podía salir de mi asombro; jamás había experimentado un sueño lúcido, tan solo había jugado a imaginarlo. La mente racional no podía ni estaba preparada para generar una explicación semejante, ya que todos mis sentidos funcionaban de lo más bien (al menos eso parecía). De pie y sujeto por vigas de hierro, como si fuese el mascarón de proa de un puente que se dispone a navegar en el mar de la incertidumbre, seguía respirando y observando el fabuloso paisaje desértico de violeta y negro. Comenzaba a disfrutarlo, muchísimo. Entonces recordé que debajo, allí en lo profundo de las aguas, estaba el tesoro...

...dichosa piedrita...

2012-08-15

Amalgama


  Esa palabra singular que reclama tu atención, amalgama. Esa misma palabra que en reiteradas ocasiones remarcaste lo mucho que la suelo utilizar en distintos textos, párrafos, oraciones, líneas sueltas de todo tipo. Recuerdo que me preguntaste que significaba para mí, el porqué del hábito al emplear cada dos por tres la maldita sopa de morfemas, como si algo desconocido estuviese atorado en mi garganta y al toser solo lograra escupir la misma combinación de siempre. Y tal vez nunca supe responder bien a tu pregunta, y tal vez nunca lo haga. Pero acá están mis palabras una vez más, que quieren ser una respuesta, y con estas palabras sueltas trato de responder vagamente porque no se como hacerlo de otra manera.

  Amalgama es una metáfora, es una combinación de imágenes que se suceden constantemente, es un rompecabezas incompleto de piezas por hallar, es un perpetuo juego de ajedrez, es el paisaje que contemplo luego de invocar todas las experiencias que logro recordar. Es el nombre de los fantasmas que me visitan mientras estoy despierto, y que traen consigo inspiración, obsesión, melancolía y locura. Es lo que genera interrogantes acosadoras y pregunta de distintas formas si aquellas experiencias sucedieron en una realidad compartida con alguien más, o si tan solo fueron sueños lúcidos, el producto imaginativo de la obsesión (también egoísmo y estupidez) que solo puede tener forma en mis pensamientos. Es lo que queda luego de una buena aventura, despúes de recibir un cálido beso y una más que cálida trompada, de ver tu sonrisa y tus lágrimas. Y por más ambiguo que sea, amalgama es todo lo que vuelco mediocremente en mis textos; con la desesperanzada intención de poder encontrar respuestas y más piezas del rompecabezas, con la placentera sensación de que el juego todavía no termina.

  Si dentro de algunos años volvieras a preguntármelo una vez más... estoy seguro que te daría una respuesta diferente. Y que tal vez, después de todo, no sea una respuesta. Puede ser que de eso se trate, pero la verdad es que no lo sé.


¿Estás satisfecha?

2012-06-17

De Miguel, y los hombres del espejo roto

   Hoy me encontré nuevamente con Teo, pero no era él, sino que este hombre se llama Miguel. Es decir, me encontré nuevamente con esa mirada, y una vez más pude sentir el crujir del vidrio desparramado bajo nuestro calzado. Al igual que Teo, el maquinista tresarroyense, este nuevo personaje de fábulas se encuentra perdido en el tiempo y en el espacio. Ambos se reflejan ante un bellísimo espejo destrozado por el motor eterno. El mecanismo surreal que mueve todos los hilos.

   De sus ojos con profundidad abismal, de su serenidad, de su bondad, de esos relatos, se desprenden trozos cristalinos. No todos los días la causalidad me otorga la oportunidad de conocer hombres del espejo roto. Es una oportunidad para disfrutar del juego de luces, y tal vez, de una bella amistad. Sin embargo no estoy seguro de ser como ellos, realmente lo desconozco a pesar de mi vanidad. Percibo en tales personajes virtudes de las cuales carezco, que no poseo, más mi propio reflejo podría ser una construcción del ego cultivado en cada uno de mis relatos. El orgullo de poder distinguirlos entre tanto gris y de poder describirlos (Si es que eso puede ser considerado como una cualidad), de experimentar el placer de escucharlos, de responderles con una sonrisa sincera a cada una de sus anécdotas, de recordarlos, serían las virtudes que me corresponderían. Así también me es inevitable sentir que merecen algo más, no sabría decir qué, ni cuándo y mucho menos cómo. La fascinación que me invade al dar con uno de estos hombres recae en su habilidad para sobrevivir a un sistema cruel, cuyo trajín diario opaca los colores del homo-sapiens salvajemente catalogado como ordinario.

   Pero en esta ocasión el espacio cambia de formas; ya no es aquella infame mal-fábrica ubicada en el medio del campo el escenario de mi relato, sino una pomposa oficina ubicada en la vanguardia económica de la Capital Federal. Uno de los tantos intestinos que posee la bestia moderna. El tiempo transcurre algunos años después. En comparación a Teo, este hombre llamado Miguel es algo mayor en edad, más la experiencia de una larga vida acompañan sus palabras vacilantes pero hermosas. Es por ello que me centraré en él como el protagonista de la historia, porque considero que es el símbolo de una nueva etapa que a pesar de todo me resulta conocida. Pasado y futuros reflejados en el mismo espejo sin cristal. ¿Se puede decir que algo de todo esto es nuevo? Siento que ya lo viví; las historias sin final, los personajes perdidos, la amistad, los colores, la fábrica y la oficina como dos caras de una misma moneda, un gran deja-vu. Sutiles diferencias, la vida misma. Reflexionar y reír mientras somos digeridos. Miguel, al igual que tantos hombres del espejo roto, merece un reconocimiento, y tal vez esta sea la mejor manera en la cual pueda otorgárselo.

   Él tiene sus buenos años encima, y no solo comparado con Teo o con quién les escribe, sino con el resto de los empleados que hoy por hoy rendimos servicios en la misma oficina. Bien recuerdo la primera vez que lo vi; fue en una prueba de selección de personal donde supuestamente nos evaluarían psicológicamente, posterior a la entrevista para dar con el dichoso trabajo. Y este tipo de prueba en particular recibe el nombre de "Test-Psicotécnico". Una verdadera farsa utilizada como uno de los tantos pretextos para sutilmente eliminar hombres indeseados por el sistema, muy de moda y muy respetado en todo nido de serpiente actual. Fue así que, luego de llegar a la recepción del edificio a la hora pactada, y luego de que una especie de secretaria me indicara esperar sentado, me encontré con él. Enseguida llamó mi atención; estaba este señor algo mayor, muy acomodado en uno de los sillones disponibles, leyendo aplicadamente el diario del día, emanando armonía cual fantástico druida del bosque, mientras lo rodeaban cuatro o cinco personas de mi misma edad en obvio estado de ansiedad. Interesante cuadro. Todos asignados a la misma espera para el mismo trabajo. Procedí a sentarme a su lado y esperar junto a los demás, porque los sillones eran para dos y el de Miguel estaba desocupado, y porque además no tenía la intención de contagiarme del resto la incomodidad que la situación insinuaba. Así, mimetizándome con un desconocido, y en un delicado movimiento cual jugada maestra de ajedrez, saqué de mi bolso un libro de Eduardo Galeano que definitivamente no encajaba en el contexto que nos rodeaba (una bella sala de espera enchastrada de capitalismo). Me puso a leer junto a él. Los demás se limitaron a mirarnos de reojo, lo cual me causó gran satisfacción, mientras que mi compañero de asiento no demostró enterarse de la escenita. Al rato llegó alguien que nos invitó a seguirle por algunos pasillos y escaleras, hasta que, en ordenada fila india, ingresamos a una sala de reuniones. En este tipo de lugares abundan las "salas de algo", nombradas de esta manera por mentes obsesivas que necesitan de la ilusión del orden tanto como un adicto de heroína necesita su buena dosis. Todo muy ordenado, todo muy limpio, hipocresía, puras apariencias. Como sea, una vez situados en la "sala de tu hermana" nos acomodaron a los aplicantes en distintas mesas y nos otorgaron papel y lápiz. El trámite fue sencillo. Consistió en dibujar una "persona bajo la lluvia", primero, y luego un "animal", como únicas consignas. Lo demás era a libre elección, o casi. Fue la primera vez que pasaba por semejante humillación desde aquella ocasión de mi infancia donde mis queridos padres me enviaron a una consulta psicológica (No aclararé el porqué) a la edad de diez años, y donde, entre otras cositas, me invitaron a dibujar el típico "arbolito" y la más que típica "casita" sumados a otras pruebas de dibujitos con supuesta libre elección del tema (Claro que en ese entonces yo dibujaba para la bella licenciada unos detallados campos de batalla, con caídos en plena acción y todo. Muy delicioso). Estas piedras de la psicología moderna son bastantes peculiares; se le puede atribuir un significado a todo lo que vallas a dibujar y a todo lo que no vallas a dibujar, desde la manera en que agarres el lápiz hasta si le agregaste pestañas a la cara de tu persona bajo la lluvia. Psicopatologías para todos. Y cuidado con no dibujarle a este último un paraguas, ya que podrías revelar que en realidad sos un reverendo hijo de puta con fervientes deseos de ver el mundo arder. Pero que fastidio, en fin. Por fortuna la todopoderosa Internet es una herramienta de lujo para proveerse de la información necesaria sobre este tipo de pruebas idiotas, y así poder sortearlas no solo sin dificultad sino que además con una elegancia magistral. Miguel pasó la prueba, y yo... también. Nos retiramos de la sala sin intercambiar palabra alguna, luego nos volveríamos a ver en nuestro primer día de trabajo. Todavía me pregunto que habrá dibujado el hombre, si fue o no fue sincero a los criterios de la prueba, pero creo que prefiero guardarlo en una especie de cínico misterio.

   Entonces fuimos contratados. Trabajamos para un empleador que responde a otro empleador, que ofrece mano de obra terciarizada (barata y descartable) a otros empleadores, que rinden cuentas con accionistas cuyo capital se pone a disposición de otras empresas, cuyo servicios se ponen a disposición de otros accionistas que repetitivamente apuestan su multimillonario capital a la ruleta financiera de monstruosas multinacionales y entidades bancarias, cuya respuesta corresponde al juego de los intereses políticos y económicos en el viejo continente, o sea, del mundo entero. Así de simple e insignificante es nuestro rol laboral en los intestinos de la bestia. Y por si cabe alguna duda, nosotros somos la comida. Además de ser digeridos nuestro trabajo es ejecutar una variedad de trámites bancarios; transferencias nacionales e internacionales de moneda virtual en todo tipo de divisas y cantidades, mecanización de balances y bastanteos financieros correspondientes tanto a pequeñas empresas familiares como a grandes conglomerados, pagos de nóminas de sueldos y distintos tipos de impuestos ya sean estatales o privados, etcétera. Para resumir, ya que tengo suficiente con toda esta terminología detestable, nuestro trabajo gira alrededor de números, de dinero, y no justamente el propio, ya que nosotros solo lo vemos pasar por grandes pantallas para luego enviarlos de un banco a otro. Cantidades de números tan asquerosamente abultados que cegarían a hombres humildes y harían acabarse en los pantalones a los más ambiciosos seres de negocios. Si se ponen a reflexionar sobre ello encontrarán que no hay mucha diferencia, guardando salvedades, con las tareas que me eran asignadas como operario en la mal-fábrica. Claro que, en la oficina, no hay que arrastrarse debajo de una máquina que amenaza con despedazarte ni mucho menos soportar largos castigos físicos, sino todo lo contrario, se puede estar muy cómodo. En la fábrica el trabajo era sucio y agotador, literalmente había que meter las manos en la mierda, pero acá es cuestión de una doble moralidad abstracta igual o aún peor en cuanto suciedad. Cual virus evolucionado te infecta mucho más rápido, te adormece la mente, te hace sentir a gusto bajo una cálida manta de ignorancia e indiferencia, o como me gusta decir, te convierte en un ser grisáseo. Da igual un lugar u otro, con más o con menos disimulación de la realidad. Bien lo dijo el gerente general de la empresa en una desafortunada ocasión donde nos obsequiaba el tono de su voz, orquestando una especie de discurso con la intención de ser motivacional: "Esto es igual que una fábrica". Hice todo lo posible para no estallar de la risa en tan cómica situación, pero carajo, ¡que no solo lo digo yo!

   Trabajamos de noche, intentamos descansar durante el día. La diferencia horaria con el viejo continente nos obliga a nosotros, subcontratados administrativos del tercer mundo, a realizar jornadas laborales no convencionales que modifican drásticamente el resto de nuestras actividades diarias. Pero podría ser mucho peor; podríamos tener horarios "rotativos" que varíen en diferentes turnos semanales, método de trabajo y herramienta de tortura a la cual nunca me supe acostumbrar en mis aventuras tresarroyenses de la mal-fábrica (Al parecer me voy por las ramas con las comparaciones entre la fábrica y la oficina, y lo siento si resulta tedioso, es que no puedo ni quiero evitarlo). Como sea, regresando al relato, todas las noches sin excepción sucede algo muy especial: Luego de entrar en la oficina y de sentarme en el escritorio se aproxima Miguel, siempre él, el buen hombre del espejo roto, y me introduce en una de sus maravillosas charlas. Música, literatura, cine, arte en general, relatos del pasado, opiniones actuales de diferentes eventos sociales, reflexiones varias y otras tantas banalidades que resultan igualmente exquisitas cuando son iniciadas por quién todas las noches se acerca hacia mí. Si ejecutar una innumerable cantidad de trámites financieros podría ser comparado con una sinfonía, las charlas con Miguel serían el preludio de la metáfora. Es su mirada, y también su voz siempre acompañada de una sonrisa, es su basta experiencia, son los trozos de cristal que desparrama desde su escritorio hasta el mio. Un énfasis entre el antes y el después, un ritual maravilloso. Guardo en mi memoria con mucha simpatía una de estas ocasiones cuando se abordó el tema del cine y, de alguna manera, llegamos al género del "spaghetti western". Créanme que a pesar de mi corta edad soy un tipo culto con bastos recursos para hablar de lo que sea, y no solo lo considero sino que lo afirmo (acá más de uno que conozco se debe estar cagando de la risa), pero hay momentos en los que me cuesta horrores mantener la conversación para que no se convierta en un monologo de Miguel. Él ahí, parado junto a mi escritorio con su taza de café recién preparado descargando toneladas de sabiduría, y yo, recostado sobre la silla que castigo durante horas, intercambiando opiniones sobre la película "Django" protagonizada por el inmortal Franco Nero. Resulta que este personaje, una especie llanero solitario conocido por el nombre de Django, posee una particularidad que lo caracteriza por sobre todas las demás: se pasea de pueblo en pueblo arrastrando un ataúd. Pero no es hasta avanzada la película que nuestro héroe se enfrenta con un montón de chicos malos y revela que dentro del fúnebre objeto no hay un apestoso cadáver sino que, en palabras del propio Miguel, hay una tremenda ametralladora con la cual produce la más bizarra y suculenta carnicería que de la que se tiene registro en tal género del cine (Si no viste la película entonces me complace anunciarte que acabo de revelarte el misterio más interesante de la misma y por ende te la arruiné completamente, por favor no me lo agradezcas). Fue sin dudas una charla muy divertida que revivió del pasado un recuerdo muy grato, porque de la última vez que miré Django habrán pasado cinco o seis vidas, fácil. Sin embargo no fue lo divertido del asunto lo que motivó a que atesore ese recuerdo, sino que fue la elaboración de un significado mucho más profundo. Comparar la metáfora de los hombres del espejo roto con la de un hombre solitario que lleva a cuestas un ataúd misterioso, eso es una feliz coincidencia. Y así, mientras continuamos charlando como todas las noches, el resto de los empleados en la oficina apenas parecen notarnos.

   Para ser sincero no recuerdo la ocasión en que Miguel y yo intercambiamos palabras por primera vez, me refiero a que no recuerdo de qué hablamos. Curiosamente me suele suceder muy a menudo con seres que dejan una huella en mi memoria. Si me esfuerzo demasiado puede que aparezca un vago fragmento de recuerdo, puede que tal escena solo haya sido una charla de naturaleza técnica y puramente relacionada con el trabajo, cosa que a lo mejor no resulte tan poética como las historias que me fabulo constantemente. Entonces lo olvido, y en remplazo doy creación a algo mucho más maravilloso para embellecer mis pensamientos. Pero por más de que este relato este armado en la base de una primera impresión, que fue la que él me otorgó en aquella sala de espera, o en el caso de que la base fueran unas efímeras primeras palabras, créanme que tales impresiones no valen una mierda. Valga esta excepción se puede decir con mucha tranquilidad que las apariencias engañan casi todo el tiempo. Y los hombres del espejo roto son maestros es causar impresiones tan variadas como equivocadas, porque su verdadero ser está más allá de una simple apariencia. No se puede apreciar su magnífica y extensa tristeza de un largo viaje solo con mirar, no se puede sentir el ángel que lleva dentro con apenas un prejuicio fugaz.

   Una día de tantos, ayer u hoy, ya no importa demasiado, Miguel me despidió a la salida del edificio con un: "hasta mañana hijo". Me partió el corazón, no sé por qué. En el camino de regreso al hogar pensé en esas palabras, las traté de analizar, me resultó demasiado emotivo. Fue la manera en lo que dijo, como esperó a mi saludo como respuesta cordial y correspondiente, una espera que parecieron ser miles de años pero en realidad fueron unos simples e insignificantes segundos. Apenas atiné a responder como lo haría en cualquier ocasión con cualquier persona del montón: "nos vemos mañana". Al parecer la vida se juega en el tiempo de unos segundos, pero que no son para nada simples y mucho menos insignificantes. O tal vez era yo el que creaba fantasmas y otorgaba a tal saludo un significado por demás imaginario. Entonces seguí pensando en ello hasta quedarme dormido, sentado, viajando en el colectivo que habría de llevarme hasta la localidad de Avellaneda. Me desperté en Bernal, y la puta que lo parió. Recuerdo que en el camino de regreso, luego de haber pasado de largo un buen tramo, nada de lo que me rodeaba se salvaba de alguna maldición en mis lúgubres pensamientos. Sería ese un día de breves horas para descansar como todos los demás, y al despertar, después de dormir poco y mal, debería de regresar al trabajo. También tendría que hacerlo Miguel, como hace ya tantos años, así como todos los hombres del espejo roto. Al encontrarnos en la oficina él se acercaría como lo hace todos los días para contarme una historia, mientras las operaciones comerciales del viejo continente acecharían amenazantes detrás de las pantallas, y yo le prestaría la atención que el mundo ignoró. Finalizada la jornada del día, a la salida del edificio, puede que la situación se repita: "hasta mañana hijo". Pero esta vez yo sabría que responder, para quebrar los cristales de un deja-vu fatal, y con un buen abrazo: "hasta mañana, viejo querido".

2011-11-24

Rompecabezas y relojes de arena

  Cada tanto nos son obsequiadas aquellas piezas que completan las imágenes más bellas del rompecabezas. Algunas veces la estupidez impide aceptar tal obsequio, otras tantas, impide percatarse de ello. Indudablemente en muchas de esas ocasiones ni siquiera tomamos nota del significado. Es entonces cuando el recuerdo suele caer en el olvido, y esa imagen, cuya prometedora revelación alguna vez nos colmó de esperanzas, nunca termina por apreciarse completa. El todo transcurre mientras la arena se desliza implacable por su receptáculo de vidrio, la gran ilusión, que destruye por dentro a quienes rechazan y olvidan estos obsequios.


Una de las piezas del rompecabezas...


  Un recuerdo ¿incompleto?... Estábamos sentados en el banco de una plaza, pequeña, rodeada de edificios. Habíamos terminado de tomar un café en las cercanías, y ya no recuerdo de qué charlábamos en ese entonces. Sonrisas, los dos estábamos sonriendo. Pero por más que lo intente no logro recordar ni una sola palabra; cuando bajó de su departamento mientras la esperaba fuera, cuando nos saludamos, cuando seguí su paso acelerado por las calles repletas de sombras, en ese momento parecía estar enojada por algo, y yo sintiéndome un estúpido. No recuerdo si le pregunté el porqué. Tampoco una respuesta, nada de eso. ¿Acaso sucedió? Cuando entramos a tomar un café aún no oscurecía. Solo se me vienen imágenes la cabeza, no obstante estoy inseguro de que muchas de ellas sean auténticas. Pero allí en la plaza me besó, todavía no recuerdo el porqué, y fue tal mi sorpresa que aún con sus labios en los míos no lo podía creer como cierto ¿Por qué a mí, qué hice para merecerlo? Podría haber sido un hermoso sueño. Recuerdo que empecé a temblar, era invierno en ese entonces y ya caído el telón de la noche las sombras se fundían en la oscuridad, nos encontrábamos solos en la plaza y sin embargo le mentí. La primera de tantas mentiras. No temblaba del frío, temblaba del miedo. Recuerdo que también fue la primera vez que saboreé tal cosa. Era miedo, al amor. Durante el viaje, al volver a casa y acostarme, durante toda la noche, seguí temblando desesperadamente. Nunca más volví a temblar de esa manera, asimismo tengo la certeza de que no se volverá a repetir. Es el fragmento de un recuerdo incompleto que al día de hoy me sigue quemando por dentro. 


Una vez más, gracias.

2011-11-02

Sonreír en la oscuridad

    Pasaron largos años desde que recibí el mensaje de Daniela. Todavía se me aparece José en los sueños, en alucinaciones, cuando estoy despierto, y hay días en los cuales es un espejismo en medio del desierto. Creo que siempre pienso en él. No es pasado, tampoco olvido, es la melancolía del presente. En cada uno de mis actos está ahí, lo puedo sentir, más el sentimiento prevalece mientras las estaciones se suceden en una infinita cadena de imágenes, encerradas en espejos cuyo reflejo ciega la razón; porque cada vez que escribo, cada vez que dibujo, cada vez que reflexiono en silencios hermosos ahí está su recuerdo, en lo alto de la vida, acompañando mis viajes. A veces, solo a veces, también se aparece ella. Entonces la sonrisa de José es la mismísima representación del amor, hermosa, completa, para fundirse en un infinito juego de luces que se amalgaman con los colores de la realidad, y así se desvanecen Daniela y José, abrazados.
    Pasa el tiempo y las apariciones mutan en distintas metamorfosis; es como si su memoria estuviese incendiando mi cabeza, ya que sus palabras, tan lejanas y cercanas a la vez, se desfiguran en esa pesada conciencia. Cada tanto me apeno de no lograr identificar los rasgos que me obsesionaron en un principio, antes de lo más tangibles, ahora difusos como el sueño de otra vida. Será que la obsesión es el estímulo que purifica su recuerdo para mi. Mensajes diferentes, con formas que olvidan detalles y se apoyan en algo que pocas veces creo comprender, que no puedo controlar. Luego pienso en centenares de monos contemplando un monolito, absortos, pasmados, y babeando de asombro ante la maravilla que se les presenta. Porque ya no logro recordar las palabras exactas, o el aroma de la primavera junto a él, ni tampoco el color de su cabello. Sin embargo la imagen de una sonrisa sigue intacta, imperecedera al paso de ese tiempo que todo lo destruye. Y con ella me maravillo día tras día. Es el significado de aquella sonrisa lo que resta de José.
    Hay momentos en los cuales quisiera encontrarme con él y así poder charlar juntos por una última vez, alejar a los fantasmas y deleitarme con su presencia en el mundo de los sentidos. Pero si comprendo que tal vez ya no pueda ser de esa manera, que ya no compartimos el mismo mundo ni la misma vida, y que tan solo el recuerdo sea lo mejor. Pues solo resta seguir adelante, con las preciadas apariciones y todas las experiencias vividas. Seguir caminando y aprender a bailar junto a los demonios en la oscuridad; melancolía y obsesión, locura y amor, para reír a carcajadas hasta que las lágrimas sacien toda sed. Entonces puede que algún día yo sea para otro ser lo que él fue para mi. Esto lo sabía José, y por ello se retiró sonriendo.

No te olvido...

2011-10-01

Bienvenidos al albergue

    Caminan juntos pero sin tomarse de la mano, camino a un destino ya acordado, y con la firme intención de ingresar al popular Welcome. Un telo o "albergue transitorio" ubicado en la conurbana localidad de Temperley y a pocos metros de la transitada estación ferroviaria, para los no entendidos. Lo decidieron en tan solo unos instantes; cuando Ella, muy sutilmente, propuso la idea en medio de una broma por demás simpática. Ambos se encontraban de muy buen humor, de modo que dicho mensaje enmascarado fue rápidamente decodificado por el receptor. Él aceptó de inmediato (también era un deliberado desafío) como quién espera desde hace demasiado tiempo por una oportunidad similar, sumamente animado por la inminente promesa de poder materializar de una de sus tantas fantasías. No todos los días una apetecible oferta de sexo toca a la puerta; bueno, al menos no toca a menudo para aquellos hombres de naturaleza sensible, y se podría decir que Él es uno de ellos. Su rostro se apreciaba pintarrajeado por una sonrisa infantil, que de ninguna manera, por más esfuerzo que le pusiera al asunto, podía llegar a disimular. Así que imaginen por un momento su alegría: La inesperada sorpresa de esa mujer que siempre le resultó tan agradable y sensual, a la cual respeta pero también desea, el halago de esa deliciosa propuesta, la simplicidad sin segundas intenciones (producto de la ingenuidad), y por sobre todo la promesa de placer, tal vez el mejor de todos los placeres terrenales. Más todo esto lo consideró como un regalo de lo que podría llamarse casualidad, fortuna, azar, etcétera. En tanto que Ella, satisfecha por la reacción de su compañero, procedió a permitirse cierta esperanza de todo el asunto. Carajo, si apenas se conocían personalmente, no está de más mencionar que este fue su primer paseo juntos. Acaso la primera vez que se daban una oportunidad de intimidad, ir a un café, charlar de esto y aquello, caminar por ahí, más palabras, y luego el Welcome.
    -Así debería de ser la vida, todo el tiempo, siempre...- Pensó Él, un muchacho al cual podemos juzgar (sin demasiado temor a equivocarnos) como miembro del sexo débil. Un club que, irónicamente, no distingue sexos. Sin embargo Ella no estaba del todo consciente sobre el poder que ejercía sobre aquel individuo que no la tomaba de la mano, y apenas imaginó con breve anterioridad que terminarían encamándose esa misma tarde-noche de verano. Pensó para sí misma: -Pareciera que él jamás avanzaría...- Es menester aclarar que no se equivocaba, ya que tal vez el mundo podría haber recaído en su segunda Era Glacial antes de que Él propusiera la idea de ir a semejante lugar a realizar semejante cosa con semejante dama que tenía en una especie de sacro pedestal. Que estúpido. Así que manos a la obra, literalmente, cantando en la primera vuelta un falta envido a sabiendas por instinto que su oponente no se iría al mazo si se aplicaba una táctica directa y hasta descarada. Ambos tienen buenas cartas y el asunto se resume a la siguiente sentencia: es un juego de azar, pero sobre todo de estrategia. Claro que todo esto aún no significa demasiado; la cuestión es por demás ingenua aunque ellos todavía no lo saben, ni tienen por qué saber. Ahí está la gracia del asunto. No importa, porque se encuentran frente al albergue dispuestos a efectuar la siguiente jugada.
     Pronto se adelantan a cruzar el portal; una puerta de madera y un portero eléctrico es todo lo que se puede apreciar desde fuera, en la calle. Miran a su alrededor, nadie por izquierda ni por derecha, la plaza frente a la estación parece estar desierta, ni un solo par de ojos inquisidores que se posaran sobre la parejita con esos detestables prejuicios luego de que se tomaran el atrevimiento de detenerse allí mismo. Extraño, muy inusual, teniendo en cuenta el constante movimiento de transeúntes que invaden esa misma área por las tardes de Temperley. Pero el ocaso muta repentino en oscuridad, y una poderosa ráfaga de vientos helados sacude sus cuerpos de un único soplo, así bien rápido como quién apaga la luz de vela en los abismos de la tierra. Hacen sonar el botón del portero, una, dos veces, hasta que reciben como respuesta el bruto sonido metálico de un cerrojo destrabándose. Una noche sin luna amenaza con sumirlo todo en las tinieblas. El Welcome finalmente abre su puerta hacia la lujuria e ingresan en él, en ella también, la lujuria tan ambicionada, con la impaciencia de niños que aguardan hartos de la espera por sus regalos de cumpleaños.
     El salón que les recibe es, por lo menos, descuidado. Las paredes atacadas por la humedad, la oscuridad de los rincones que la pobre e interrumpida iluminación artificial no llega a cubrir, la suciedad de una alfombra que más bien pareciera ser un colchón de ceniza nicotínica y el fuerte aroma a encierro terminan por condenar el paisaje como lúgubre. Perfecto para la ocasión. Ambos se confirman, con simbiosis, con una mutua y rápida mirada cómplice, la enorme satisfacción de estar allí juntos. Algo en las tripas les indica que nacieron en este mundo con el único propósito de encontrarse y finalmente cumplir dicha encomienda, aquí y ahora, en el deliciosamente sucio albergue. De a poco, esa ingenuidad inicial comienza a disiparse para convertirse en algo más elaborado. Por decirlo de una de tantas maneras.
     En el receptáculo donde debería de hallarse algún empleado a cargo del lugar, alguna sombra macabra, algún ser de las penumbras acorde a la decoración, no se encuentra nadie. De hecho nada parece indicar la presencia de otras personas en la sala, nada aún. Ni un sonido humano, más que los suyos, ni tampoco esa sensación de estar siendo observados. La recepción del Welcome parece abandonada. Lejos de verse desanimados, o en todo caso aterrorizados, Él y Ella se entusiasman hasta sonreír con picardía. Ha falta de un tercero con indicaciones deciden tomar por sí mismos la aventura. Solo hay dos opciones: la puerta de salida hacia el mundo exterior y una noche sin luna, o las escaleras, que parecieran descender infinitamente hacia lo desconocido. Sin embargo es un cartel sombrío de letras como pintadas a mano y ubicado en dirección a esos misteriosos peldaños lo que termina por consolidar el próximo paso a tomar. En él se puede leer: El precio es la cordura. No es la primera vez que se encuentran con tal inscripción, frase favorita de ambos. Tampoco les sorprende ni lo más mínimo que la puerta de salida se cierre a sí misma, cerrojo incluido, mientras aún saborean la frasecita en sus mentes. En ningún momento consideran retroceder, sino más bien todo lo contrario, incrementan su euforia. Ahora solo hay una alternativa, de tal manera que no vacilan. Caminan juntos, tomados de la mano, camino a un destino ya acordado, con la firme intención de descender hacia la locura.
     Tap, tap, tap, tap... paso a pasito por la escalera de lo todavía desconocido y, como no podría ser de otra manera, la madera de los escalones cruje y rechina tétricamente a cada movimiento. La fuerte respiración de Él y de Ella, excitados de emoción, en plena iniciación del desquicio, completan los sonidos de una escena fantasmagórica. Aún nada se puede ver al final del tramo, solo oscuridad, apenas iluminada por encendedores cuyo fuego guía los pasos a dar mientras continúan en bajada sin perder ni por un instante la sonrisa picarona de sus rostros. El aire se torna más espeso, la temperatura del ambiente aumenta como si la humedad fuese más y más intensa, como si la visión estuviese obstaculizada con un muro de vidrio empañado mientras es acariciado por invisibles manos. Luces rojizas aparecen al final del túnel. Luces que se reflejan contra lo que parecen ser figuras monstruosas, de ojos locos y fauces puntiagudas por doquier, de gemidos terribles e irreconocibles cuyo origen no corresponde al mundo de lo racional. La presión en sus cabezas se hace sentir, todo aumenta de velocidad, el vértigo impulsa sus cuerpos hacia el final. Se liberan todos los niveles de la locura. Si, llegaron.
     Y al superar el último escalón ya saben y se confirman que no existe el regreso, que no hay vuelta atrás, porque la escalera ha desaparecido junto con la cordura de todos los seres y cosas indescriptibles que allí habitan. Él y Ella; muertos de miedo y de placer, ahora seres locos, son transportados hacia un centro de nieblas rojizas y lo que les rodea es oscuridad adornada de fauces y ojos, sonoras risas y gemidos de bestias salvajes, seres monstruosos a la expectativa del ritual, del sacrificio que ahora cometerán para saciar el hambre de carne homo-sapiens. Su hambre, el hambre original. Y jadean respiraciones arrancándose las ropas, en el dulce apretar de los muslos, en el juego travieso de lenguas pervertidas que saborean cada célula, en pupilas dilatadas de éxtasis, y sus bocas y miembros desnudos se hacen uno solo allí en el epicentro de la tarima bestial. No más pensamientos, nada de razonamiento, los mueve algo desconocido para el mundo que todo cree conocerlo. En lo más primitivo de su naturaleza se penetran con fuerzas descomunales, y las rojizas figuras bestiales amalgamadas en la niebla se expanden en el clímax hasta desgarrarse de orgasmos, festejando el banquete para los sentidos, y ellos se rasguñan las carnes y gimen de placer, y los monstruos también. El cuerpo que era uno solo brilló radiante en la oscuridad. Como locos diamantes bañados en leche y en sangre. Son todos parte de una sola cosa, fundidos en el mismísimo principio de la vida humana.


Silencio.

2011-07-21

El trapito demente

   En las calles del barrio se encuentra el trapito demente; frente a una pequeña plaza con juegos y niños, detrás de un discreto albergue transitorio, a pocos metros de la estación del tren y del puente siniestro que cruza sus vías. Allí se encuentra Ramón, debatiendo con estrellas y fantasmas. Vale decir que es pleno mediodía, pero claro, esa no es excusa para que el hombre se desprenda de su petaca a medio llenar de cuasi-whisky. Un traguito para sacudir virtuosamente el trapo, otro, para la elaboración de unas cuantas alegorías, y otro más, por si la muerte finalmente le viene a buscar.
   El demente ejecuta un monólogo neurótico sobre sus experiencias, aparentemente son delirios a los que ya tiene acostumbrados tanto a transeúntes como a mercaderes cercanos. Acompañado de seres que se presentan solo ante él, junto con las estrellas que se esconden detrás de una bóveda celeste. Se le puede apreciar bien parado y firme sobre la vereda, ligando cada tanto alguna que otra moneda, y cambiando traguitos de su bebida (que nadie acepta) a cambio de cigarros macanudos de almas buenas. Su actual profesión, si se la puede considerar tal, es la de "trapito". Cosa irónica lo del trapo; y dicho sea de paso, para los no entendidos, es su tarea la de cuidar a los autos que se estacionen cercanos la plaza. En eso lo convirtieron a fuerza de trompadas, suelen decirle sus fantasmas, en un trapo, en un despojo humano, en algo que no sirve para nada, pero tal vez no sea así del todo. Por otra parte las estrellas, que todo lo ven y juzgan bien, le tienen en profunda consideración. Ellas saben que el fracaso también puede ser un elogio. Esto lo sabemos por el mismo Ramón, sin embargo su vida pasada sigue siendo para todos un misterio.
   Su locuaz monólogo no tiene como objeto otros destinatarios. Habla de esto y de aquello, seduciendo sin intensión a caminantes curiosos, gente compadre que no desvía la mirada, pero espantando a los hombres grises de camisas caras. Tal vez alguien le escuche al pasar, al menos por un rato, pero casi nunca con la atención que se merece, y menos que menos para darle tiempo a rematar algunos de sus poemas o cuentos. A lo mejor sea el firmamento la mejor de sus audiencias, o aquellos fantasmas de la experiencia, ya tan lejanos en el recuerdo y en la melancolía del pasado, pero que nunca dejan de reprocharle su estupidez. Los niños se burlan de él, y las parejitas humeantes que escapan del albergue tuercen sus caritas sonrojadas cuando se encuentran con el trapito. La cosa es que al pobre demente pocos le escuchan y demasiados se burlan de lo que no oyen. Pero él, indiferente a la indiferencia ajena, continua escupiendo palabras como si se hallara a si mismo en lo alto de un palco, ante una multitud eufórica de atentos y agradecidos oyentes esperando los gargajos. Sus estrellas y fantasmas, la obsesión e inspiración para ángeles tan sucios como ricos.
   En una de esas puede que se interrumpa a si mismo, inspirado con el pasar de una bella mujer, a la cual, solemnemente, le otorga un delicado piropo: "Ruuubbiiaaa... estás más buena que comer pollo con la mano...". Poesía pura. El trapito demente sabe como llegar hasta la gente; en este caso, a la rubia, que detrás de ese rubor y de aquel gesto obsceno esconde una cálida sonrisa para él. Porque Ramón tiene más de humano que ciertas momias del protocolo, de ese "buen gusto" cultivado en las fiestas de la hipocresía. Además el tipo vive en la calle, desamparado, no tiene demasiadas necesidades burguesas. Pero si tiene sentencias para todos los gustos.
   Una vez hice el intento de escucharle atentamente, esto fue lo que sucedió: Él rememoraba sus experiencias con cierto dejo de tristeza, susurrando un poema con voz de ángel ebrio. Creo que en aquella ocasión no se dirigía a todos sus fantasmas o estrellas, estaba lejos del usual discurso, sino que era algo especial, para alguien especial, en un recuerdo de lo más angustioso. Era sobre lo gris de cierta vida lejana, de lo gris que él estaba. Algo sobre un sótano inmundo y lo olvidado en el subsuelo. Claro, ya no lo recuerdo del todo, si es que alguna vez lo hice. Además era difícil de entender, porque el whisky cumplía bien con su tarea. Al fin y al cabo tal vez ese era su propósito, una espesa noche de lethé. Pero si recuerdo su manera de relatar el poema; apenas apoyado sobre el capot de un fierro viejo, mañana soleada, siendo iluminado con los reflejos intermitentes de un sol filtrado bajo los árboles de la plaza. Fue hermoso. Entonces pude sentir que me compadecía del hombre, y le envidiaba su demencia. Añoré su angustia y lloré, no solo por lo bello que era el espectáculo, sino también por no poseer semejante tesoro en el alma. Al momento de descifrar la paradoja creí que mis ojos me engañaban. Observé materializarse a uno de sus tantos fantasmas, era la figura de una mujer hermosa, y ella acariciaba el rostro de Ramón, que lentamente encontraba el consuelo mientras seguía rememorando su experiencia en el sótano ya con palabras inentendibles al oído, pero no así al corazón. Se hizo la noche y las estrellas brillaron solo para ellos dos, el resto era oscuridad.
   Como despertando luego de un mal sueño me impresionó el vértigo con el cual regresé a la realidad. No había fantasma alguno, ni tampoco una noche estrellada, seguía siendo un maravilloso mediodía y mi cuerpo recuperó cierta movilidad posterior al escalofrío. Ramón ya no se encontraba sentado sobre el capot del automóvil, su poema había terminado, y estaba camino a tomar una siesta bajo uno de los tantos árboles que le servían de refugio. Creo que nunca reparó en mí. Pero yo reparé en él. Me alejé cabizbajo y nunca más volví a prestar atención a sus palabras. Me planteé además nunca volver a cruzarme por aquella plaza, pero el albergue es una tentación difícil de combatir e inevitablemente lo visito cada tanto. Ahora cada vez que paso por su lado, caminando sobre aquella vereda mágica del barrio, me limito a tan solo alcanzarle un cigarro sin que él me lo solicite.
  Todavía hoy el recuerdo de aquella ocasión junto al trapito demente me saca una sonrisa, acompañada de cierta esperanza de que algún día yo también podré tener un fantasma que en delirios me acaricie el alma (y la entrepierna, pero esa es otra historia).

...loco y melancólico.

2011-06-12

Fuego y cenizas

Aquél que ya no es, lo fue todo para mi. Y ahora, vacía, solo deseo destruirme. Su cadáver sigue allí, en el patio, como restos lejanos de su vivo recuerdo, restos que formarán partes de otras vidas pero ya no será él, restos que hasta hace momentos se encontraban teñidos por lo rojizo de la luna, y ahora son grises. De manera que yo también deberé de ser gris, siendo así fiel a mi estupidez, la cual ya he descubierto, pero sin remedio, irreversible, demasiado tarde, y es por ello que la condena es ser fiel hasta el final a mi estupidez. 
Lo siento, es mi culpa, quisiera el perdón. Pero yo no puedo perdonarme, como tampoco pude evitarlo, y José tampoco podrá hacerlo. ¿Acaso de poder, lo haría? Vos... que supiste conocerlo mejor, que supiste comprenderlo en buena hora, que fuiste de verdad un compañero para él sin transformarte en una triste copia forzada por la obsesión del deseo, vos que fuiste todo eso y más, tal vez sepas la respuesta a la última de mis preguntas: ¿Me perdonaría?
Nunca conoceré de tu parte esa respuesta, no deseo hacerlo. Solo me corresponde el castigo, porque es lo que merezco. Te regalo estas últimas palabras de mi parte porque creo que podrían ayudarte para comprender a quién no supo comprender hasta que fue muy tarde, y también, porque vos si que lo mereces. Pienso que él lo aprobaría ¿Lo ves? Esa es mi estupidez... Así me despido, de José, de vos, y del mundo entero. Adiós amor, adiós mi color humano, bienvenido sea el gris.

*

Daniela terminó de escribir la carta y la envió a su respectivo destinatario, ordenador e internet mediante, y mientras seguía pensando qué-le-hubiese-gustado-a-José una sonrisa se le dibujaba en el rostro. Ya no lloraba, y de las lágrimas apenas se notaba el rastro del rimel desparramado sobre sus mejillas. Satisfecha consigo misma suspende su trance neurótico. Por el tenue ruido de sirenas policiales a lo lejos, único sonido perceptible además de los grillos veraniegos que festejan el baño lunar del satélite en la noche de verano, supuso que los agentes de la ley no tardarían demasiado en irrumpir al hogar. Así que sin demorarse se dirigió hacia un equipo de música que era muy apreciado por José, y puso a todo trapo un tema de Nancy Sinatra titulado "Bang-Bang (my baby shot me down)". De los predilectos del susodicho. Acto seguido tomó del mini-bar una botella de ginebra, la cual, dicho sea de paso, era la bebida alcohólica preferida de José. Vació con una especie de delicadeza ritual la mitad del contenido sobre el cadáver situado en el patio, y la otra mitad sobre su propio cuerpo. Sacó de su delgada cintura el revolver que allí había depositado luego de efectuar los primeros disparos; el acero del arma brillaba fatal, hermoso, como si absorbiera la luz de la luna, más Daniela lo contempló maravillada algunos segundos mientras cargaba una última bala. Procedió a acomodarse junto a lo que otrora fue José sobre el plateado césped y miró hacia lo radiante del firmamento nocturno. Prendió otro cigarro, al cual le dio una única y profunda pitada exhalando el humo al mismo tiempo que seguía sonriendo, acariciándolo con los dedos, jugueteando, para después arrojarlo sobre los grises restos de su amado. Mientras las llamas se apresuraban en esparcirse sobre ambos apoyó el arma contra su propia cabeza; soltó una larga carcajada diabólica a la vez que todos sus músculos se contraían y sus ojos descomunales se teñían de gris, y disparó. El fuego se encargó del resto.

Cenizas...

2011-03-24

Bitácora

Al día de la fecha.

Antes que nada, esta será una recopilación de experiencias al mejor estilo "diario" con tintes autobiográficos (mmm... deliciosa vanidad), pero que encuentro conveniente considerar como una especie de bitácora para otorgarle un marco metafórico que sin dudas le sienta mejor. Solía hacer esto con algo de frecuencia, escribir sobre mi mismo a secas, a comienzos del blog en algunas de las entradas. Luego lo consideré carente de interés. Aclaro, entre otras cosas, que mucho será repetido si es que leyeron material con anterioridad, y será repetido porque deseo otorgarle cierto contexto a lo sucedido. También a lo que está por suceder. Por lo cual si a los qué gustan de leerme por compromiso o placer buscan en esta oportunidad un nuevo cuento con repetidas seudo aventuras en el fondo de la fisura, no lamento en lo absoluto decepcionarlos. Voy a ser egoísta, una vez más, para contar sobre mi vida, sin personajes que me camuflen. El que me quiera leer está invitado. Puede que esto resulte interesante hacia aquellos qué tengan curiosidad para con algunos de mis personajes o paisajes, ya que cada evento sucedido en dicha etapa fue motor inspirador en cada uno de mis escritos plasmados sobre este espacio. Sin excepción, y lo seguirán siendo.

A esta bitácora le da origen un hecho de especial importancia, cierre definitivo de una etapa: El inicio de los estudios universitarios. Si, por fin llegué. Tal vez sorprenda al lector ocasional saber que recientemente terminé los estudios secundarios el pasado 4 de Diciembre del 2010, hace apenas dos meses, a los 22 años de edad y cinco años luego de terminar el secundario en el Instituto Tecnológico San Bonifacio (nota: desde ahora me referiré a tal establecimiento con el nombre de cárcel debido a su doble escolaridad que me mantenía detrás de las rejas, con el mundo técnico que aborrecía, el represivo mundo religioso que aborrezco aún más, y por supuesto la carencia total del sexo opuesto durante largos días de encierro) adeudando tan solo dos materias para recibirme de "Técnico en Construcciones". Luego de contados fracasos en exámenes y muchos vaivenes que vienen al caso, y que luego serán relatados, pude terminar dichos estudios gracias a un plan especial del gobierno que me facilitó el penoso trámite de lidiar con ciertos hijos de puta. No importa. Pasaron cinco años y en ese lapso de tiempo, desde la graduación secundaria (que no fue tal) hasta el ingreso en la universidad, sucederían eventos que me marcarían por siempre. Siendo el más importante de todos ellos el nacimiento de mi hijo, Joaquín. Pero vamos por orden, o desorden...

Antes de terminar los estudios secundarios en dicha cárcel, o sea mientras aún era un recluso en ella, tenía una pequeña orientación hacía el mundo de la psicología. Cargaba con los ligeros 17 años y el 2005 volaba rápidamente. Eso me llevó a inscribirme en la UBA (Universidad de Buenos Aires), empalagándome con toda una serie de fantasías sobre lo bien que me iría en la vida teniendo supuestamente en claro lo que haría de mi existencia social-laboral, cuando lo normal a esa edad era tener en la cabeza metida en puras pelotudeces dignas de un adolescente. Era un pibe ya aficionado por la lectura, leyendo a ciertos fulanos y menganos, los cuales si bien no llegaba a comprenderlos completamente me causaban y siguen causando profundo interés. Solo por este hecho ya era considerado un chico especial de los cuales se suele comentar equivocadamente "este pibe tiene futuro". Por supuesto en ese entonces no podía saber que mis estudios no terminarían ese verano ni el siguiente, ni el siguiente al siguiente. Nada había de insinuarme tal desgracia que me convertiría progresivamente en una paria dentro de muchos espectros del mundo en el que me movía, donde solo se te respeta usando de la regla de "¿y vos cuantas medallas tenés?". No tenía ninguna medalla conmigo, ni las tendría por largas jornadas de navegación a la deriva. A causa de las materias adeudadas no pude ingresar, valga la redundancia, en el curso de ingreso de la Facultad de Psicología. En lo que a mi existencia respecta todo se desvirtuaría, la fantasía pronto se convirtió en odio.

El año 2006 se podría caracterizar por su amplio contenido de nada interesante. ¿Eso diría un testigo ordinario de sentido común? claro qué si. Pero yo tengo bastante qué decir. De hecho será uno de los periodos qué más piezas aportarán al rompecabezas, debido principalmente a qué mucho de lo sucedido en este lapso de tiempo no se encuentra registrado en ningún otro texto o entrada de Deliciosa Indiferencia. Algunas explicaciones, un poco de información, ese primer capítulo omitido por el cual no entendiste del todo bien el desarrollo de algunos relatos. Aquí se carga al navío de provisiones para zarpar a la deriva. Malos cálculos harán que la tripulación se quede sin agua y comience a beberse desesperadamente el grog. Posteriormente este Capitán se quedará sin vientos en sus velas con solo dos remos para mover un barco entero (sería un buen título). Tres aspectos principales...
Primero: Los intentos fallidos (13 en total, si se suman ambas materias adeudadas) en cada una de las mesas de exámenes a la cuales me presenté a rendir Estructuras I y II, los obstáculos que me limitaban de comenzar los estudios dentro de una universidad. Claro que el verdadero obstáculo era mi propia naturaleza, una suerte de negación. También estaba este tipo, de sangre fría y naturaleza patética, qué supuestamente cumplia el rol de profesor, el cual me tenía cierto rencor por mi indiferencia hacia su pasión. Pero a pesar de ser un fracaso en su función no lo culpo cómo responsable. Cada intento fallido solía ser una puñalada en mi orgullo, mis esperanzas, mis expectativas. Si, generé mucho odio en su momento. El dato curioso es que nunca pude sortear ese obstáculo directamente y ya nunca lo haré. Las actividades realizadas en el plan que me permitió terminar los estudios secundarios poco tienen que ver con el cálculo de las estructuras. Poco o nada. Sonrisa cínica de guasón.
Segundo: El profundo involucramiento dentro del sub-mundo en el cual se hallan los juegos online y sus Comunidades, en especial del Argentum Online (nota: no es un dato cualquiera, ese jueguito que es el Argentum será la catapulta de sucesos muy importantes en lo que resta de mi vida). Conocí por primera vez el AO en el año 2000, donde no era mucho más que un niño extraviado e ignorante dentro de un mundo que se me presentaba como una mierda. Para entonces no había manera de entender donde me estaba metiendo, mucho menos predecir que esa misma Comunidad dentro del juego, esa especie de tribu, se comprometería en casi todos los aspectos de mi futuro crecimiento, madurando en un entorno más que confortable. Una conveniente burbuja social donde me escondía cuando las cosas en el mundo fáctico se volvían ásperas, tal vez el único lugar donde supe sentirme socialmente a gusto. En tal año, pasados ya otros diez desde entonces, la Internet aún no llegaba a su clímax y los que la frecuentábamos éramos criaturas extrañas. Si bien un ordenador había dejado de ser algo desconocido para el común de la sociedad la Internet era una novedad sin descubrir para una gran mayoría. Los primeros juegos online empezaban a tomar popularidad, así que también florecieron nuevas ramas de negocios relacionados con el tema: los cibercafés. Fue en un lugar de esos donde tuvo lugar uno de los acontecimientos más bizarros de mi vida, por dramático que suene hoy para muchos y pese a las risas burlonas de algunos camaradas, es la pura verdad. Ahí conocí el Argentum. Pero estamos recordando principalmente el 2006, año en el cual le empecé a dedicarle especial atención al juego virtual. Empujado por el tiempo libre mientras supuestamente estudiaba para rendir ciertas materias adeudadas (no trabajaba ni buscaba trabajo, la simple idea me era absurda ya que mis padres sostenían todo gasto e insistían en hacerlo) me pasaba largas horas frente al monitor con mis personajes, verdaderos alter-egos, en esos mundos pixelados ambientados en lo fantástico y lo medieval relacionándome junto a otros jugadores. Pronto mi vida social se limitaría a estos seres detrás del monitor. Progresivamente maltraté antiguas amistades, a los clásicos pibes del barrio, algunos conocidos del secundario, también el trato con familiares, gente que en general me resultaba carente de interés, para dar lugar únicamente a aquellos que compartían mi actual pasión. Obviamente era para mi más qué un juego, era una nueva forma de socializar con gente de similares intereses y me abracé con fuerza a ello. Así comenzaron las primeras reuniones organizadas en casa de fulano o mengano con anfitriones e invitados todos jugadores del Argentum Online, mis primeras amistades con sujetos conocidos en el mundo virtual, los primeros viajes desde Temperley hasta Capital Federal, las primeras risas sin compromiso fuera del nido, la plataforma a un nuevo estilo de vida que nos enajenaba como un grupo extraño de individuos a la mirada pre-juzgadora de los críticos. Pizzas, asados, fútbol, cartas, o simplemente hablar de tal asunto ocurrido dentro de la pantalla, todas eran excusas válidas para juntarse fuera de la pantalla. Nos sentíamos especiales, estábamos en algo nuevo y la pasábamos muy bien entre nosotros.
Tercero: Mientras tanto en los cuarteles familiares todo transcurría de manera tumultuosa. Como se puede suponer el ambiente no era el mejor, de hecho nunca lo fue, ya que el concepto de una familia unida era algo esquivo para la mía. He aquí una de las causas qué en la infancia y a principios de la adolescencia me empujaron hacia diversas pantallas, a los juegos, a cierta enajenación de la vida social como comúnmente se la conoce. Años luego influiría junto a varios motivos agregados en mi inesperado exilio hacia la ciudad de Tres Arroyos. Quiero aclarar algo en especial: Mis viejos me dieron todo su cariño. Si entre ellos existe un rencor mutuo, debido a toda una novela de problemas de pareja qué no voy a relatar en esta ocasión, siempre quisieron lo mejor para sus hijos. Eso me incluye a pesar de las múltiples diferencias entre nosotros. Hay razones, motivos, causas, etcétera, que pueden llegar a explicar porqué me permitieron, o mejor dicho, no me impidieron, estar tanto tiempo chupándoles la sangre desde el 2006 en adelante. Incontables individuos se han hecho y me han hecho la misma pregunta: "¿Cómo, por qué?". Pocas veces supe responderla correctamente si es qué hay una respuesta. Son ítems extensos de explicar, cómo las enfermedades emocionales de mi madre, al igual qué el problema de pareja entre mis padres. Es otra historia. El hecho, lo importante, es que estuve año y medio navegando por el más profundo mar de la vagancia sin que nadie me lo impidiera para bien o mal. Mientras atravesaba un nuevo océano ellos ponían su atención hacia otro continente, ciegos ante lo que acontecía en su hijo, pero no por ello dejaron de preocuparse a su manera. Me refiero a qué tal vez se veían impotentes hacia la situación. Por ejemplo, constantemente solíamos tener (siempre cada uno por su lado, mamá o papá, nunca juntos) charlas en las cuales me reprendían la pereza, la lentitud e indiferencia aparente en gran parte de mis actos, sobre la carencia prácticamente total de un plan de estudios eficaz que permitiera saldar la deuda con la cárcel. Y yo con cheques sin fondo. Me reprendían, como decepcionados, pero no hacían nada, y yo no hacía nada. Pequeños reproches morales en los que depositaban sus esperanzas en hacerme recapacitar para, reforzando la metáfora, poder ganarme mis propias medallas y reflotar el navío que el resto de nuestro ámbito social consideraba hundido. Y me aproveché de ello, me aproveché de su sentimiento de culpa, de sus errores cómo padres, y lo hago aún hoy. Si querido Juez, aquí soy culpable ¿qué más da? ya mismo me declaro egoísta, estúpido, desvergonzado, no me interesa justificarme. Tampoco quiero abrir un juicio de valor para con ellos. Sin embargo creo que todo fue y es parte de un proceso, componentes de un gran rompecabezas aún incompleto. Sin la destacada actitud de mis progenitores, seres realmente excepcionales, esta bitácora no sería la misma en lo absoluto.

Todo transcurrió de igual manera hasta mediados del 2007, donde accidentalmente estalló el arsenal. Pero la putísima madre... ¡qué año tan entretenido! Mis estudios secundarios incompletos, mis viajes hacia el mundo virtual a la par de las reuniones en el mundo real junto a seres del virtual, la misma postura de neutralidad en el país de la familia. Por ese lado todo igual, ya con 19 añitos recién cumplidos. Pero entonces el cielo se cerró. Rayos, truenos y relámpagos hicieron su aparición en un mar picado. Así llegó Victoria a mi vida, y el primer amor nunca antes saboreado, y el posterior desamor ya descrito brevemente en uno de mis más apreciados textos: Game Over (otro de esos eventos bisagra en los cuales no profundizaré demasiado, porque además sería repetir lo ya escrito en el texto mencionado). Dicho sea de paso había empezado a escribir, hábito que hasta entonces no tenía, con la costumbre de hacerlo público para quién quisiera leerlo. El objeto principal que tiene este espacio, con su creación en dicha etapa hasta el día de hoy. Con el hábito de escribir no tardé en simpatizar otras formas de arte, sobre todo la música y la pintura. Al mismo tiempo llegó el primer trabajo como cadete-mensajero más todo lo que ello representa, y la inesperada topofilia por los barrios porteños como consecuencia. Angustia, ansiedad, desesperación, entre otros, síntomas antes desconocidos en mi organismo ahora subían a bordo para acomodarse por largas jornadas. Pero qué más da ¿acaso no es delicioso tropezar? En su particular manera este trance me resultó tan divertido cómo placentero. A pesar de tener tal compañía en el barco el suicidio nunca fue siquiera considerado, me reía de la sola idea, y de quién padeciera la tentación de terminar sus problemas terminando cobardemente con su vida. Sin querer queriendo, justificaría un personaje popular de la infancia, se colaron junto a los males mentales ciertos polizones: Las primeras drogas convencionales (marihuana, LSD, cocaína, pastillas, fármacos ordinarios). Estas a su vez dieron lugar a las primeras aventuras en las siempre peligrosas e interesantes cavernas del bajo mundo y su cultura desconocida. No puedo omitir el importante cambio no solo de mi actitud sino también de mi apariencia, una actitud inusualmente agresiva, y un aspecto desprolijo de tintes bohemios, cambio drástico que asustó a mucha gente teniendo en cuenta que toda mi vida hasta entonces había vestido de una sobria etiqueta con sumisa personalidad. La cereza del postre fueron las lágrimas de mi padre; un día de aquellos, en apariencias tan ordinario como lo demás, se quebró emocionalmente frente a mi presencia y por primera vez lo vi llorar. Llorando me escupió desesperado un torrente de verdades que chocaron contra la gruesa pared de una represa, sin embargo en ese momento no lo pude comprender. Era la onda expansiva cargada de radioactividad proveniente de Hiroshima, y el barco apenas se tambaleó. Me mostré sorprendido pero no conmovido, ni siquiera se me ocurrió decirle que tenía razón en cada una de sus palabras, que iba a recapacitar, encarrilarme en el sendero que ellos elijan, que todo estaría bien, y ni hablar de un abrazo. Supongo que no quise mentirle. Ayer no pasó nada, hoy me duele el corazón de solo recordarlo. Nunca tuve el coraje de pedirle perdón, todavía no me lo perdono. Deliciosa indiferencia por demás.
Ahora si, damas y caballeros, con esa fulminante reacción en cadena todo se fue bien a la mierda. Demasiados paradigmas fuera de control, sobredosis adrenalínica, sobrecarga mental. Enloquecí. Leo mis primeros textos del momento que describen algunos de esos momentos (Por ejemplo: Batalla en mente de nadie), tan inocentes, incompletos, pero muy sinceros. En ellos hago énfasis sobre la velocidad en que todo cambia, y es verdad, aún hoy, considerado desde el punto de vista que otorga el futuro. Todo ocurre demasiado rápido como para enterarse, para detenerse a reflexionar. Cada causa con su enorme consecuencia, una tras otra, todas me golpeaban, y me golpeaba a mi mismo. Hacer un detalle más profundo de cada causa con sus respectivas consecuencias sería extenderme demasiado. En el verano correspondiente al año 2007, con el casco averiado por la explosión, conduje la embarcación hacia un destino sumamente inesperado. Fernanda había llegado a mi vida y una vez más todo cambiaría drásticamente. Empezamos con celeridad cierta relación de noviazgo que progresivamente se tornaba muy comprometida. Todo rápido y sin pensarlo dos veces, cómo no podía ser de otra manera. Éramos Opuestos, todavía lo somos, pero eso no nos importaba. La conocí acá, en mis queridos barrios porteños, mientras ella se hospedaba momentáneamente en la ciudad de La Plata siendo en realidad oriunda de Tres Arroyos. Al igual que Victoria, Fernanda también era jugadora del Argentum Online, y ese fue el medio que nos acercó. Nos conocíamos superficialmente para entonces, encontrándonos en alguna reunión o mismo dentro del juego, ignorándonos el uno al otro, hasta que me soltaron la mano y entonces hizo su jugada. Primero acercándose mediante la mensajería instantánea, cubierta con el pixelado esplendor del monitor, y luego materializando sus siniestras intenciones en una de esas reuniones con la tribu. Yo, que estaba regalado, con un cartel de "todo me viene bien" impreso en la frente, claudiqué a sus deseos que también podrían ser los míos. Al principio fue solo sexo, puro despecho, pero después me fui de vacaciones a Tres Arroyos con el dinero ahorrado de la mensajería en busca de... más sexo. Calentura, bah. Las relaciones sexuales en ese momento me eran una necesidad primordial para sobrevivir, así cómo el agua. Creo que adornar con pensamientos profundos o metáforas mis verdaderas intenciones sería hipócrita. Sin embargo como ya mencioné, solo fue el principio. El barco encallaría en tierra firme.

2008. ...me encuentro exiliado de las que alguna vez fueron mis tierras, vagando por destinos desconocidos en busca de una nueva identidad, una nueva filosofía, un nuevo castillo que llene el vació del que me fue arrebatado hace ya algún tiempo... De esta forma lo describiría, con bastante tino, en un fragmento del texto titulado Guerrero Atrevido. Fragmento cuyo significado se potenciaría en el poema El Defensor del Castillo, y en las breves recopilaciones de información (véase como diarios personales) explícitamente tituladas como Verano y Así estoy hoy. Habíamos empezado este nuevo año, junto a Fernanda, en un nuevo capítulo para ambos diferente a todos los demás en cuantas acciones y hábitos. Muchos de ellos, hábitos deliciosamente malignos de naturaleza destructiva, se alejaban lentamente junto con la marea para formar parte de un pasado en distante blanco y negro. Nosotros ya estábamos a salvo en la isla que habíamos encontrado. Mi primer viaje a Tres Arroyos duró algo así como una semana, el segundo viaje duró dos semanas, el tercer viaje fue definitivo y ya no regresaría a mi hogar en Temperley por dos intensos años salvo para realizar visitas esporádicas a la familia y ciertos amigos. Sepan entender que fueron muchos los empujones que me animaron a tomar esta decisión, en gran parte inconscientemente, necesarios para que pueda seguir con mi vida sin perder el control de mis actos (ya desvirtuados, ya dañinos) y quebrarme, cosa que probablemente y sin otorgarle dramatismo hubiese resultado fatal. Estos viajes ocurrieron en menos de dos meses, para Enero del 2008 ya estaba instalado en su casa. En esa casa vive su madre, Mariela, y su hermano mayor, Alejandro. Jamás demostraron inconvenientes con mi presencia, lo cual me sorprendió desde un principio. Por mi parte jamás demostré ni la más mínima verguenza en invadir su hogar, sobre todo teniendo en cuenta que sosteníamos una vida sexual activa. A Fernanda le importó menos, creo yo. Según ellos el lugar era como un hotel. Estaban acostumbrados a las visitas y no les molestaba (en apariencias) que me hospedara allí, y mucho tiene que ver con el estado de Fernanda para ese entonces. Fer, ahora una ex-compañera, madre de mi hijo, tiene un pasado turbio que inquietaba a su familia. No profundizaré sobre ese pasado, de hecho no lo haré por respeto a ella, pero lo importante es remarcar que gran parte de su ámbito familiar veía en mí como una especie de medio para su recuperación. Curioso, porque yo estaba en Tres Arroyos por el mismo motivo. Fui bienvenido y todo sería color de rosas durante un tiempo.
¿Y mi familia? ¿los amigos? bueno... qué puedo decir, creo al principio la idea les asustó tanto que no tuvieron otra opción más que dejarme el paso libre para hacer lo que quisiera. Repito, todo fue tan rápido que no tuvieron oportunidad de reaccionar. Yo tampoco. Con todas las heridas del año anterior aún sin cicatrizar, la mayoría desconocidas para quién no leía mis textos o era capaz de ver más allá de mis extrañas actitudes, lo mejor era huir de la ciudad hacia lo que Santiago (el mejor de los amigos y una de las perdidas que más lamenté en mi lejana estadía; breve apartado sobre su persona: Fobia a la vida) describiría desde un principio cómo el campo. Ese lugar habría de curarme y así también lo supusieron mis padres, con gran desdicha pero consientes de que si bien no era lo mejor para su hijo era por lo menos algo. La situación era tan triste para ellos que ese "algo" bastaba para seguir adelante. Por otra parte mi hermano, Emiliano, aún no era capaz de comprenderlo y jamás aprobó que me fuera de casa. Principalmente (supongo) porque se quedaba solo con mis padres, más todo lo que ello representaba, hecho que ocasionó cierto rencor en él. En el plano secundario no simpatizaba con Fernanda, luego le tendría que dar la razón en ciertos aspectos que el supo visualizar mejor. Nombrando el término secundario, de paso, justamente esa fue la excusa para instalarme en el campo: realizar un nuevo intento de terminar los estudios secundarios junto a Fernanda en un instituto especial tresarroyense. No podíamos fallar, esa era la garantía. A todos les pareció bien, o no sabían qué pensar, aunque tranquilamente hubiese podido hacer lo mismo en mi hogar natal. La gente que opinaba negativamente me causaba una profunda indiferencia. Si bien recibí contadas advertencias sobre la decisión que habría de tomar hice caso omiso de todas ellas, tanto familiares cómo amigos, todos otorgaron de una u otra manera su opinión al respecto. Sin embargo no dejé de escuchar a nadie y créanme qué en la actualidad tengo todas esas palabras en mente. Posteriormente también escucharía y leería en numerosas oportunidades la célebre frase "te lo dije". Que hijos de puta, es muy fácil hablar del partido del Domingo con el diario del Lunes. Pero se valorar el cinismo, y lo aprecio, así cómo a muchos de ustedes. Aunque pocos comprendieron que ese viaje y todo lo que paso fue necesario, recuerden los empujones, recuerden el maravilloso rompecabezas.
Ya en tierra firme, sobre el mismísimo campo, tuvimos que tomar con Fernanda algunas decisiones importantes para seguir dando pasos hacia adelante en nuestro compromiso que distaba de ser un simple noviazgo. Necesitábamos trabajo para mantener nuestros gastos, entre ellos el alquiler de un lugar que nos otorgara cierta intimidad. Si, pensábamos emigrar del hotel, cosa que jamás pudimos hacer al pie de la letra ya que ambos éramos menores de edad (para realizar este tipo de trámites hay que poseer 21 años) y no queríamos poner a nadie en un compromiso para salir como nuestra garantía en el contrato. Tampoco encontramos un alquiler cómodo que no dependiera de ninguna inmobiliaria. Así que tomamos posesión del departamento al fondo separado del edificio principal donde nos hospedabamos. Este lugar servía de cochera y de quincho (lugar donde usualmente hay una parrilla, o asador, todo bajo techo y cuatro paredes) hasta que lo reformamos para que se convierta en algo parecido al departamento ambicionado por ambos. No estaba tan alejado de Mariela y Alejandro cómo lo hubiésemos deseado, tan solo unos pocos metros, aunque era un principio y allí nos asentamos. Pero antes ocurrió otra cosita...
Después de tirar curriculums durante tres meses, empapelando Tres Arroyos con mis pobres referencias, obtuve una entrevista laboral en el infame establecimiento que luego denominaría en mis textos como mal-fábrica. Hecho que se describe cómicamente en la entrada Fiebre de Sábado por la tarde. Mis experiencias en tal siniestro lugar se describirían con mejor detalle en las entradas: Fábrica de la consumición, Limpiando el sótano, Pozo de Noria, Soñando despierto, entre otras pequeñas menciones. Ya superada satisfactoriamente la entrevista y con un trabajo relativamente estable nos permitimos dar el gusto junto con Fernanda (quién no pudo conseguir un trabajo por razones que luego serán relatadas) de independizarnos económicamente. Pudiendo pagar la remodelación del otrora quincho, establecernos cómodamente allí, equiparlo con artefactos propios de un hogar, etc. Cómo contracara de tanto progreso personal estaba creciendo en lo profundo de mi ser una especie de tristeza, de melancolía, alejándome cada vez más y más de mis afectos en la ciudad. Me sentía solo. Si, estaba Fernanda conmigo, también estaba Joa dentro y fuera de la enorme panza, pero extrañaba a mis afectos de la ciudad natal. Tampoco me amoldaba ni desarrollaba nuevas amistades, aunque jamás repudié la compañía de nadie. Esto se describe sutilmente en varias entradas, aunque el tema se trata directamente en los textos: Se consume... , ¿Donde estás amiga?, Loco y melancólico, Imágenes en blanco y negro. El agravante era trabajar en un establecimiento que distaba de ser un empleo digno, no tardé en simpatizar con ciertas ideas marxistas qué poco se conocen y aprecian en la sociedad del campo. Mi actitud reflejaba descontento, tanto en compañeros cómo en supervisores. Me arrastré por la suciedad pero nunca callé mi opinión ni agradecí las migajas. La sinceridad, junto con el orgullo, son valores poco apreciados en esos pagos cuando sos un extraño. Y yo era un extraño para casi todos, mercancía dañada debido a mis incomprensibles pensamientos que no tenían lógica para los que me rodeaban, o sea, era considerado un pobre estúpido. De hecho nunca pude adaptarme a Tres Arroyos, su gente, su ritmo de vida, las características que tanto colorean una ciudad (con alma de pueblo) alejada de los grandes centros urbanos. Pasados once meses trabajando para la empresa Kraft Foods se decidió dar por terminados mis servicios de una manera tan ilegal como inmoral. Todavía es un misterio, nadie me otorgó razones, nadie dijo nada. A pocos les sorprendió, solo a un puñado de gente con noble de corazón qué fui conociendo sobre la marcha y de los cuales me llevo un buen recuerdo se sintieron indignados. Fue un sábado que marcó mi relación con Fernanda y se describe en Adiós Mal-Fábrica. Todavía hay un juicio de por medio, pero esto es, cómo tantas otras cosas que ya marqué, una historia aparte qué relataré cuando finalmente termine el vínculo que me relaciona con la maldita multinacional. Dos meses antes de ser despedido sucedió el evento de mayor importancia en mi vida, y de la vida de Fernanda.

...recuerdo tu cuerpecito rechoncho de piel blanca y ese par de ojitos azules qué se regocijan mirando e indagando todo lo nuevo que se presenta ante su mirada... El 5 de Marzo del 2009 nació Joaquín. Al día de hoy tiene dos añitos de edad, siendo él la luz de mi vida. Ahora mismo no voy a explayarme demasiado en todos los fuertes sentimientos que me invadieron en esos momentos, pero basta con una recopilación de lo más importante para entender lo que atravesábamos: La noche que Fernanda se hizo la prueba de embarazo, los nueve meses, las pataditas dentro de la panza, esa mañana en la que me presentaron al recién nacido depositándolo en mis brazos que temblaban, las noches largas, las risas de emociones agitadas, el primer "papá"... Son pocas las entradas, acá en Deliciosa Indiferencia, donde la felicidad sea el motor inspirador qué ayude a elaborarlas. Lamentablemente. Pero hay dos de ellas que vienen al caso: Búsqueda finalizada y Dosis de felicidad. Así me sentía para ese entonces, y así cómo describo en los textos fue verdadero mientras duró. Porque todo fue maravilloso durante algún tiempo. Fernanda se desempeñaba bien en su nuevo rol como madre, yo hacía lo mismo en mi función de padre y sostén del hogar, Joaquín por su parte nos sorprendía día a día con la inmensitud de su belleza. Había un poco de melancolía ya mencionada, aunque se podía manejar con la esperanza e ilusión de planes a futuro que nunca fueron emprendidos. Pero cómo también mencioné, a los dos meses del evento más bello de mi vida, me encontraba desempleado. Los meses seguían pasando sin ninguna noticia de trabajo mientras me divertía y maravillaba cambiando pañales, acompañado de un fuerte optimismo hacia el futuro. Por otra parte en ese lapso de tiempo sumidos en el desempleo el verdadero sostén financiero fueron mis padres qué ayudaban a pagar todo gasto, siempre dispuestos a dar una mano sin mostrar molestia alguna. Todo lo contrario por parte de la otra rama familiar, sobre todo de mi ex-suegro. Mención aparte para él: Una verdadero pedazo de mierda. Pero no me interesa describir lo miserable de su existencia, ni mi relación con el sujeto, solo mencionar lo ya mencionado. En fin, al igual que cierta canción cuya letra en un momento dice "...todo tiene un final, todo termina..." también menguaba este éxtasis compartido, evidentemente demasiado bueno para perpetuarse indefinidamente. A partir del momento en que soy despedido de la mal-fabrica se empiezan a registrar una serie de eventos negativos de menor a mayor que pronto me empujarían nuevamente hacía la mar de incertidumbres. Al principio esa incertidumbre se observa distante, pero luego, sin la neblina ante los ojos espectadores, muy próxima y terrible. Lo cual menciono en la entrada: De la indiferencia, deliciosa indiferencia III. Seis meses luego encontraría un nuevo trabajo, irónicamente, en una mal-fábrica de similares características a la anterior. Conocida con el nombre de Molinos Tres Arroyos. Otra broma cínica de la vida. Similares; con la leve diferencia de qué esta era aún peor, mucho peor qué la anterior en cuanto a condiciones laborales. Si en la primer mal-fábrica estas condiciones ya eran malas en la segunda eran totalmente indignantes e inaceptables. Si en la anterior a los empleados se los trataba cómo a pobres idiotas, pero seres humanos al fin y al cabo, en esta directamente eran considerados meros animales cuya única labor era la de someterse sin chistar so pena de inminente despido. Aunque ya lo haré en su debido momento, cuando me invadan las ganas de escribir sobre ello, en esta oportunidad no me interesa relatar lo vivido en esa segunda institución maliciosa así que iré directo al grano: No lo soporté y renuncié al mes, hecho determinante en mi ya dañada relación con Fernanda, quién nunca logró entenderlo a pesar de qué mi lastimosa existencia ya enflaquecida y enojada con la vida lo evidenciaba a pleno. Esos largos meses de desempleo, más la pronta renuncia al conseguir uno luego de tanto tiempo, ayudaron potentemente a evidenciar todas nuestras diferencias. Pasamos de blanco a negro en un simple pestañeo.
Hay cosas que hoy hubiese deseado realizar con mayor inteligencia, pero tal vez no hubiese sido sincero, y ya están hechas, así cómo fueron, son el registro patente de un determinado momento. ¿Por qué mi relación sentimental con Fernanda se fue a pique? No lo sé con seguridad, y así cómo todo comenzó rápido, terminó rápido. Tal vez fueron nuestras múltiples diferencias de carácter, de respeto, de ambición, de vocación, de gustos o placeres, tal vez fueron los celos, tal vez la miseria sexual posterior al embarazo, tal vez la falta de empleo y la dependencia económica de terceros (familiares), tal vez mi odio hacia el miserable de su padre, tal vez mi desprecio hacia los trabajos de naturaleza esclavizante, tal vez mi dificultad en abrazar a Tres Arroyos, tal vez las diferentes posturas adoptadas a la hora de criar una nueva vida, tal vez nunca nos amamos en realidad, tal vez la indiferencia, tal vez, tal vez, tal vez... Lo lamento, de verdad lo lamento, pero tal vez fue culpa mía. En el 2009, así cómo saboreé ese sentimiento tan codiciado llamado por muchos cómo felicidad, al poco tiempo (a finales del año 2009 y a comienzos del siguiente) también pude conocer lo peor de mi mismo. Un ser despreciable del cual me averguenzo y temo. Mi peor versión, de cadena suelta, ya carente de paciencia y comprensión. Contemplaba la transformación en ese ser monstruoso y me aterraba, no quería ser esa persona, envenenada, llena de odio. Fernanda había soltado mi mano, realmente me encontraba solo, del todo abandonado en medio de una enorme tristeza sin otro lugar donde apoyarme más qué en una criatura de un año de vida. Entre otras cosas me fui de Tres Arroyos, mitad huida, mitad expulsión, para alejarme de aquel personaje sombrío que no solo terminaría conmigo sino también dañaría al mayor de mis afectos. Y no se merece un padre así. Antes de hacer las valijas escribí el texto Carta a Joaquín con un nudo en la garganta, con el corazón agobiado, llorando, abatido y derrotado. En el mes de Marzo del 2010 pocos días después de su primer cumpleaños regresé a la ciudad de Temperley. Sin querer bajé los brazos.

Sin el amor de Fernanda, y lo que es eternamente peor, sin la presencia diaria de un Joaquín abandonado por su padre en la lejanía, volví con el rabo entre las piernas a los pagos de antaño después de dos años en el exilio. Podrán apreciar que las metáforas marítimas se me van agotando al igual que mi deseo de seguir caricaturizando este relato, porque esta es la parte qué me sigue doliendo en el alma. Aquí no hay fuerzas para el humor acostumbrado, no siempre puedo sonreír, quisiera, pero a veces no puedo. Una vez en el hogar tardé algunas semanas en aceptar la tremenda decisión que había tomado. Cuando ella me soltó la mano (me encanta esta metáfora ¿se nota?) para yo luego huir derrotado hacia el nido de la infancia sabía que así sería, y traté de armar las defensas emocionales con todo un repertorio de planteos morales anticipándome a la angustia que muy pronto me golpeó -Lo peor sería no sentir nada, cómo tantos malparidos, y convivir con la indiferencia, lo peor sin dudas es no sufrir en lo absoluto- me digo a mi mismo en forma de consuelo y reflexión. Pasaron lentamente unos días muy penosos donde lo único que quería era ver a mi hijo y sufría las condenas por mis equivocaciones. Lentamente lo fui aceptando, pero nunca del todo, jamás del todo. El mayor obstáculo para las breves visitas, porque lo sigue siendo al día de hoy, es el factor económico. Cada viaje a Tres Arroyos cuesta un dinero que no tengo y para ese entonces, recién llegado del campo, todavía no tenía un trabajo que me ayudara a cumplir el cometido e independizarme de la dependencia monetaria de mis padres. Además, aunque parezca increíble, mi descaro tiene límites. Así fue qué las visitas a Joaquín se me limitan, no más que por el dinero y el trabajo, a una o dos veces por mes. Una vez con trabajo, alivianado el problema del dinero, me encuentro en la situación de cumplir con un cronograma de horarios laborales que dificultan una mayor cantidad de visitas. Cada visita suele durar dos días en promedio, o un fin de semana, durante el cual me hospedo en lo que era nuestro departamento ahora sumado a la larga lista de ex's. Por esa parte no hay problemas, ya que Fernanda se retira hacia la casa de al lado (hogar de Mariela y Alejandro) mientras yo me quedo acompañado de la criaturita. De vez en cuando voy con mis padres, entonces alquilamos algún hospedaje. Otra alternativa, la más rara de todas, y mi preferida personal, es que Fernanda acceda a viajar con mi hijo hasta Temperley. Pero esto es impredecible, extraño. Cómo sea, de esta manera transcurren mis días con respecto a Joaquín, que sigue creciendo, que ya no es un bebé, que aprende cada día algo nuevo, y que pronto aprenderá mucho más. Sobre ello hago énfasis en el texto titulado La Plaza de la Memoria.
De Fernanda solo espero que cumpla con su rol cómo madre, potenciado por mi preocupación al no estar ahí para ayudarla a criarlo. Hago todo lo posible por llevar una relación amena con ella, no me cuesta admitir que a pesar de todo todavía le guardo cariño, pero no considero una posible reconciliación y creo que nosotros cómo pareja tuvimos diferencias irreconciliables ya enumeradas con anterioridad que evidenciaron nuestra imposibilidad para complementarnos. Nosotros fallamos. Actualmente ella tiene un novio, desconozco si la relación es seria, pero de serla me encantaría conocer al muchacho en el futuro (a este, o al que esté de turno). Dato curioso: Esta nueva relación de Fernanda aparentalmente comenzó a solo dos meses de mi partida, cosas qué pasan, supongo yo...
Con respecto a los demás aspectos de mi vida me traslado a los comienzos de esta bitácora. Una vez en Temperley, Gran Buenos Aires, tomé la decisión de cerrar un capítulo inconcluso. Me anoté en un plan especial para cumplir con la deuda de la escuela secundaria y saldarla a finales del 2010. Objetivo cumplido. La siguiente movida fue anotarme en la Universidad de Lomas de Zamora para iniciar mis estudios en el Periodismo, carrera qué ganó la pulseada de mis preferencias entre otras del campo en las ciencias sociales. Con el pasar de los años descubrí que mi verdadera pasión es escribir, por lo cual me encantaría poder hacer de este placer una fuente de trabajo ¿A quién no le gustaría, verdad? En la carrera cómo futuro periodista creo poder visualizar fines mejores adaptados a mi perfil, una simple cuestión de gustos. Finalmente logré superar el examen de ingreso que se exige para comenzar con la carrera y, mañana mismo, ya terminando de escribir este texto, tengo la primera de las clases en condición de estudiante. Siento altos grados de estimulo por ello. Es una especie de triunfo personal, una medalla demorada qué tanto esperé y deseé. Después de cinco años logré llegar hasta acá y ahora solo quiero seguir, porque me encuentro determinado en finalizar lo qué empecé. Es el plan (quiero aclarar que todos los planes están malditos); madurar con el tiempo, terminar los estudios universitarios, graduarme, ser un licenciado, y luego... luego: Regresar a Tres Arroyos. Si, nuevamente, en el más que posible escenario de una Fernanda que jamás se moverá de su actual domicilio, donde jamás la separaría de nuestro hijo, sobre todo por él, torturándolo con esta mierda de la "custodia compartida". Y tal vez regrese solo, acompañado únicamente de la experiencia, sin familia, sin amigos, pero cerca de Joaquín. Ya sin monstruos al acecho, sin una relación marchita y putrefacta, sin sostén económico más que el propio. Desde ese otro punto de vista considero que podré hacerlo de mejor manera a diferencia del primer intento. Puede que tarde cuatro años, cinco, seis. Eso no lo sé. Haré lo posible para que sea lo menor posible. No puedo pensar en una vida a futuro donde nos siga separando la distancia, no es justo para él, y tampoco puedo vivir con la simple idea de estar ausente indefinidamente. Al menos la esperanza me ayuda con mis nuevas metas, esa misma esperanza qué tantas veces me tomó el pelo. Supongo qué nunca la descarté.
La familia, los viejos amigos de la vida, los conocidos de la casualidad y otros tantos compañeros que me acompañan a pasear por las calles son una ayuda invaluable qué en Tres Arroyos no tenía. Eso también me ayuda a seguir. De vez en cuando recorro las calles con algún amigo, escuchando su historia, contando la mia aún inconclusa donde lo oscuro siempre atrae la atención. De los viejos hábitos todavía conservo algunos. Sigo siendo parte de esa tribu virtual, le sigo dedicando gran parte de mi tiempo a la pantalla, sigo transitando ciertos paisajes turbios acompañado de seres que son la vida misma detrás de las cortinas (referencia en De los animales en un ciclo de poesía y Otra visita al rincón oscuro), aunque para aquellos qué siguen preocupándose tal vez les alegrará saber que dejé de lado ciertos venenos deliciosos con los cuales me deleité durante aquel extravagante 2007. Si bien pudieron ser un problema, en realidad nunca fueron una verdadera adicción. Ahora soy un espectador de lujo, estoy allí, en esos mundos turbios, observándolo todo, describíendolo en mi mente, pero sin tomar partido en nada más qué con mi presencia fantasmal. Con respecto a la masa social que me rodea ellos piensan que logré encaminarme, o al menos es la sensación generalizada. Tengo la aprobación de muchas opiniones, sobre todo familiares, hecho al cual todavía no logro acostumbrarme. Solo me quedan las esperanzas, el amor que reposa enteramente en mi hijo, y el amor hacia lo perdido en el plano del tiempo (Obsesión). La indiferencia ahora me resulta imposible de prácticar. Atrás han quedado los años de esa deliciosa indiferencia.

Que viaje tan tremendo, tan bello e interesante, así cómo el rompecabezas. Pasaron cinco años. Pasó de todo un poco, y un poco de más. No me arrepiento de nada ¿Cómo hacerlo? Ahí está él, que todo lo hace brillar, aún las experiencias más dolorosas e infructuosas. Y los impredecibles eventos que se seguirán sucediendo...










...vivir sólo cuesta vida.